martes, 29 de mayo de 2012

ASFALTO Y ROSAS

Asfalto y rosas cabecean en las explanadas de mis futuros espejismos. La primavera suele presentarse pisando fuerte, taconeando alergias, como si de una enajenación catarral se tratase. Se presenta sabiendo que pronto se irá y requiriendo un poquito más de caridad entre los seres humanos que ya no la disfrutan como antaño, cuando los rapsodas sin subvenciones estatales la esperaban con pluma en mano, perpetuándola gracias a elegías elevadas hacia las emociones elementales, esas emociones que le dan sentido al racional sinsentido material. Actualmente, en esta época de cabellos endurecidos a causa de la crisis y la gomina made in China, casi todo puede encerrarse dentro de una estación: lluvia, sol, cierzo embrutecido, seísmos, alucinaciones sobre el fin del mundo… 

La primavera se muestra y el asfalto se curte golpe a golpe, se fortifica a consecuencia de los zapatones individualistas, de los bailes imaginarios con que nos deleitan las minifaldas, o con los coches que vienen y van rumbo hacia ninguna parte, dejando a su paso el tufo penetrante y maloliente que asesina los pulmones de cualquier clase social. Decía Antonio Gala que en una rosa caben todas las primaveras. Las rosas, al igual que los hombres, también están un tanto embrutecidas, inclusive, nos las podemos encontrar como rosas calcinadas por falta de romanticismo (esa cosa que va sucumbiendo paulatinamente, como una armónica de cera arrinconada en medio del más atroz de los desiertos, va sucumbiendo porque lo sensible no vende, no está de moda y tampoco se compra). Asfalto y rosas sobrevuelan las cabezas de los vivos que están definitivamente muertos. Fallecidos en vida porque –al parecer- poco o nada tiene sentido de ser, estar o permanecer en pie. 

Ya no es que Dios haya muerto, que aseveraba el filósofo, no es eso, ahora nos aseguran con grandes pancartas que todo es nada, que nada es todo y, por consiguiente, lo que nos rodea es totalmente relativo o tal vez no sea, no exista. Así pues, tanto da el asfalto como la primavera («tanto monta cortar como desatar»). Un vaso no es un vaso –aseguran los relativistas-, un poema es una cosa cursi de ver, de oír y leer. Aún así sobreviven las artimañas alborotadoras que desquician a la ciudadanía. Y la esperanza continúa resistiendo al paso de las modas que friccionan al hombre, modas que han surgido para controlarnos a todos, para hacernos ganados idénticos y así, gradualmente, ir acabando con el pensamiento individual de cada persona, ir desechando el acontecimiento de abrir una ventana y observar la combinación lúcida de una rosa que se opone a perecer a causa del alquitrán.
 

lunes, 21 de mayo de 2012

Boomerang

 Se agudizan los sentidos cuando cruzan frente a nosotros los relojes vacíos de ternura y frases alentadoras. También se agudizan gracias al cambio climático (lluvia, sol, polvareda y viceversa), o gracias a los impuestos que suben como la espuma de una cerveza light agrietada por el desuso y a la falta de valores de ley. Se colapsa la especie humana por falta de esperanza y poderío para sobrellevar las injusticias: “Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción”. Se agudizan las malas perspectivas económicas, aunque esto no sea más que un aviso a navegantes, aquellos que creyeron que se podía vivir sin dar nada a cambio, malherir sin ser dañado, robar sin ser escamoteado. A día de hoy, cuando más se necesita, van cerrando lugares provechosos, de bien común y necesario, por motivos de crisis y/o beneficio propio: comedores para menesterosos, asilos de ancianos plenamente desamparados y manos que sí pueden dar sin tener que recibir nada a cambio. 

 Por las callejuelas enlutadas ya se habla abiertamente sobre la extinción de la ética, la moral, las billeteras colmadas… No sabemos cómo se ha llegado a este punto de inflexión, sólo decir que lo que está sucediendo no es más ni menos que algo que ya pasó en varias ocasiones a lo largo y ancho de la historia del ser humano, un ser humano cargante, que no es consciente de su tiranía hasta que ésta se cruza en su camino y le hace empequeñecer: “Confieso que no me entusiasma el ideal de vida que nos presentan aquellos que creen que el estado normal del hombre es luchar sin fin para salir de apuros, que esa refriega en la que todos pisan, se dan codazos y se aplastan, típica de la sociedad actual, sea el destino más deseable de la humanidad”, aclaraba Stuart Mill. 

 Quizás este sea el transcendental problema del hombre: pisar a sus semejantes sin tapujos, abofetear sin distinciones, destinar sus esfuerzos en hacer tropezar a los que le rodean, sin percatarse de que la inteligencia sin bondad es inteligencia fallida, que los golpes siempre vienen de vuelta, cual boomerang, y que por mucho que te esfuerces por vivir holgadamente a costa de fastidiar, existe algo llamado muerte que, más pronto que tarde, pondrá las cosas en su sitio, es decir, bajo tierra, como raíces que jamás brotarán. Apostar por los valores humanos es apostar por uno mismo, pudiera decirse que es una especie de tranquilidad propia y ajena. Y así no morir de sed teniendo agua, no morir de hambre teniendo tanto alimento, no ser tan farsante y recibir a cambio una mano tendida cuando los golpes son bajos. 
 

martes, 15 de mayo de 2012

REPASOS DE ACERA



Ocasionalmente, cuando la penetrante brisa del mar llega cargada de malas noticias y de colmillos de vampiro severamente reumático, sitúo mi soporífero cuerpo en el balcón, junto con mis recuerdos de juventud o mis vibraciones de vidas pasadas. No siempre estoy preparado para hacer esto, ya que resulta difícil reconquistar el pasado sin que algún que otro remordimiento asalte mi “presente continuo”. Hay días que en vez de situarme en el balcón para apreciar el trasiego de los niños hacia la escuela o respirar mansamente el olorcillo a chocolate caliente con churros, sintonizo la antigua radio de mi padre y busco aquella emisora que él escuchaba los días de silbidos y sombras. Ayer las ondas explicaban a los inquietos mortales que la crisis va y viene, como si de un pato mareado se tratase; también aclaraba que el malintencionado IBEX se comporta de manera improcedente, que la hambruna hace mella y que los paraísos fiscales son los tristes argumentos de algunos poderosos sin escrúpulos ni conciencia. Regularmente coloco mi almohada al revés para engañar a la realidad o al hombre del saco, y así los sueños pueden inundar con su albor mi esperanza venida a menos a causa de los ramalazos propiamente inhumanos. Suelo caer enseguida entre las manos cálidas del viejo Morfeo, apareciendo mi alma lejos de lo determinado, entre vergeles de ímpeto resonante, roces de amor irrebatible y ansias de continuar embromando por mucho que las gentes que me circundan indiquen lo contrario con sus rostros alicaídos y sus vetustos aspavientos. Y ahora las aceras impregnadas de vacío conversan sobre algo llamado “igualdad”, algo que, a palo seco, disfrutan las personas de doble moral y los políticos que se lo llevan crudo y sin dar las gracias. Yo, visto lo visto, prefiero conversar sobre recuerdos templados o sobre evocaciones apócrifas, porque considero que “igualdad” no es más que una palabra desnaturalizada, que muerde y enloquece. Las aceras hablan de cambio, cuando ese cambio no es más que un trueque entre manos vacías de virtudes, pero repletas de ofrecimientos impúdicos, ofrecimientos escondidos en las lenguas ponzoñosas y en los agudos malestares de conciencia. Y lo cierto es que nos encolerizados con razón, pero no hemos caído en la cuenta del mayor de los fallos que estamos cometiendo: que todos pensamos en cambiar el mundo, pero no pensamos en cambiarnos a nosotros mismos; el más dificultoso de los cambios…
 

martes, 8 de mayo de 2012

Dichosos idiotas


Idiota: Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás. Y pese a esta clara explicación, he de decir que siempre me he tomado en serio a los idiotas por dos motivos: nunca nadie los toma en serio, y eso resulta algo discriminatorio, y también porque tengo la sensación de que cualquier día dejarán de serlo y nos pillarán muy desprevenidos, arrojándonos piedras a la cabeza por habernos reído de ellos durante años. Por otro lado, supongo que idiotas –por mucho que nos duela- de alguna manera lo somos todos, y a su vez nadie es idiota, depende del rigor con que nos evalúen los ojos ejemplarizantes que nos rodean. También deberíamos pensar que saber quién es realmente idiota no es tarea fácil: “Cuando dirijo hago de padre; cuando escribo hago de hombre; cuando actúo hago de idiota”, aclaraba Jerry Lewis, que de idiota tenía poco o nada, pese a que muchos lo pensaran. Incluso Tomás de Aquino asegura que “los tontos son legión” (sentencia confirmada por la autoridad de Dios); si sensato es el hombre reflexivo, en lo que se refiere a las acciones más o menos profundas de la vida, a los idiotas les falta el sentido común para estas acciones, aunque eso no quiere decir que sean realmente idiotas, es más, la acción de parecer idiota puede ser la artimaña de una persona muy inteligente que, al hacer esto, intenta sobrevivir a los energúmenos que le rodean, tal vez porque considera que ellos sí son verdaderos idiotas y así no le “reconocerán”, o porque desde la altanería de la suma inteligencia, considera que no merece la pena mostrar o malgastar su potencial con “seres menores”. Otro factor a tener en cuenta es que la caracterización de su idiotez reside en la falta de sensibilidad y empatía con los que les rodean. Ellos, por naturaleza, suelen mostrarse como seres egocéntricos y huraños, usando técnicas simples para alcanzar sus propósitos con bastante éxito, dicho sea de paso. Asimismo, podríamos concretar 5 características básicas para reconocer la verdadera idiotez: 1. Los idiotas tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la simpleza. 2. Los idiotas sólo gustan de admirar una cosa cuando lleva una etiqueta. 3. Si el suicidio fuese una moda ya nos hubiéramos librado de muchos idiotas. 4. Existe una manera eficaz de conocer a un genio: todos los idiotas intentan cerrarle el camino. 5. La diferencia entre genialidad e idiotez es que la genialidad tiene límites. No obstante, pese a estas concreciones, yo me quedo con la frase de Sigmund Freud: “Sólo existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo”. Así pues, dichosos aquellos que dormitan en los mares de la deficiencia.
 

martes, 1 de mayo de 2012

A FALTA DE QUIETUD



 Rugen las calles de esta ciudad empequeñecida a causa de la desazón de los hombres y el hedor de las cucarachas que mutan a base de artificios y, en algunos casos, de sobresueldos conquistados gracias a enmascaramientos maquiavélicos. Se agolpan las esperanzas de las personas de bien en los catalejos de la congoja, en la mímica benevolente que dijo “adiós” por falta de espacio y relevancia, y en la ira que se contiene gracias al sentido común (que es el más escaso de los sentidos). Acampa el sol en el rostro de la mujer apesadumbrada, cansada del episodio de existir. Poco antes del amanecer, cuando todo significaba poco más que nada, un aire ígneo había destruido su esperanza y sus ansias de renovar a sus allegados. Esto ocurre mucho si optas por apostar todo lo que tienes a favor del ser humano, justo ahora, cuando de “humanos” nada de nada, pero de “ratas amenazadoras” todo lo que imaginemos y más. No obstante, el sol sale todos los días porque puede, porque para eso es un dios astro y los demás venimos siendo un atajo de seres mortales con ambiciones inservibles. Aún así, la dinámica del sol también es calidez, vida subsanada en el líquido elemento y vitamina que anima al que se deprime por saberse clarividente. A falta de quietud de nada vale disparar dardos de cólera al viento, ni siquiera es provechoso sacarnos los ojos los unos a los otros, aunque nos agrade, aunque esté de moda, aunque hacer esto nos derive hacia una sociedad perturbada, que no sabe de honradez, ni de manos abiertas, ni de verbos sinceros que nos ayuden a calmar la zozobra de cada día. “A donde quiera que vayamos en medio del movimiento y la actividad, llevemos con nosotros la quietud. De esa manera, el movimiento caótico que nos rodea jamás nos ocultará la puerta de acceso al manantial de la creatividad, al campo de la potencialidad pura”, indicaba Deepak Chopra. Y enseguida los rayos del astro inmutable manosean la tez de la mujer apesadumbrada consiguiendo que una paz interior haga que retornen las fuerzas. Sucede que tras la tenebrosidad reside el soplo de concordia necesario para afrontar el débito de la existencia; tras la ruina de la soledad que nos apuñala por la espalda se halla un surco de cognición que masculla palabras alentadoras, sinceras, repletas de apego y resurgimiento. Acampa el sol en el talante de la mujer que cedió su vida a cambio de un minuto más de quietud, sin más ni más.
 

martes, 24 de abril de 2012

EL ABISMO



Dice el refrán que la probabilidad de hacer mal se encuentra cien veces al día; la de hacer bien una vez al año. El ser humano desde su nacimiento se ve metido en el “debate” existencial de hacer bien o hacer mal. Tal vez, en las críticas circunstancias que nos encontramos ahora, el hacer bien sea algo así como hacer el idiota, mostrarse como un parvo rodeado de condimentos salidos del nido de los buitres, buitres que anhelan despedazar lentamente y con gusto al prójimo. También deberíamos considerar que el mal suele aparecerse en forma de bondad sempiterna, como engaño, y el bien, suele ser ninguneado por el mal con artimañas barriobajeras, para que así lleguemos a la conclusión de que lo que se nos presenta es malo, cuando no lo es. Por lo cual, diferenciar el bien del mal no es tarea fácil; una buena manera de hacerlo es basándonos en los actos del sujeto, en sus frutos vitales, aún así deberíamos recordar que “de lo que te digan, nada, y de lo que veas, la mitad”. Cuanto mejor es uno, tanto más difícilmente llega a sospechar de la maldad de los otros, o como nos aclaraba Clive Lewis: “Ningún hombre conoce lo malo que es hasta que no ha tratado de esforzarse por ser bueno. Sólo podrás conocer la fuerza de un viento tratando de caminar contra él, no dejándote llevar”; y es que intentar ser bienhechor, cuando te ves circundado por lluvia ácida, carteras vacías, iras contenidas (o no contenidas), fraudes morales y fiscales, “besaculos” que se lo llevan crudo gracias a sus sonrisas de querubines estreñidos, ser buena persona así, digo, es tarea de dioses y/o titanes, y pese a las oscuras artimañas, no debemos olvidar que la caridad es el único camino para conseguir salir del apuro actual, para que la sociedad pueda vivir envuelta de una cierta concordia. Cabe decir también que las mentes puras, aun siendo las que menos, suelen ver el bien en cada cosa, en cada persona, pero la gente mala, se encarga de inventar el mal, consiguiendo con esto que un halo sombrío, de ultratumba, carcoma nuestro estado de ánimo, llegando al punto de no poder fiarnos ni de nuestra propia sombra. El mal existe y crece. No es necesario creer en un mal sobrenatural, con cuernos y a lo loco, ya que los hombres por sí solos ya somos capaces de cualquier maldad, de cualquier gesto que ataque a las personas con las que convivimos. Y, sobre todo esto, deberíamos gravar como advertencia la indicación de Nietzsche: “Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Tengamos sumo cuidado, pues.
 

lunes, 16 de abril de 2012

BIENESTAR DEL ESTADO



Poseer un “tic tac” en el corazón no es tarea fácil cuando los necesarios recortes ya han afectado a la tela de tus calzones. Los Mercados –legítimos regentes de los Gobiernos democráticos- señalan que todo recorte es poco, al tiempo que la desazón ciudadana se enfurece, así como lo hace el ensangrentado toro un microsegundo antes de lanzar por los aires al banderillero. “En este mundo, ninguna cosa es cierta salvo la muerte y los impuestos”, aseguraba Benjamin Franklin. He de suponer que vincular la muerte con los impuestos no es algo tan descabellado, sobre todo en estos tiempos de pan para todos y salchichón sólo para unos cuantos privilegiados (gentes trajeadas, con cabello negro engominado y tarjeta Visa Platino con la que abrillantan su destino). Igualmente sobre este tema habla Juan Pina al indicar que “el llamado "Estado del bienestar" se ha convertido, en realidad, en el "bienestar del Estado". El Estado despilfarra millones en todo tipo de actividades que no le son propias, y contrata en nuestro nombre a millones de empleados que no nos hacen falta. Para ello nos exige pagarle en forma de impuestos un porcentaje enorme de la riqueza que producimos mediante nuestro trabajo o negocios”. Por consiguiente, si esto fuera cierto, el “tic tac” de nuestros alelados corazones pudiera acelerarse, es decir, perturbarse en demasía al saberse engañado por un Estado que no da tanto como nos hace creer. Así es que, sobre el asunto de los impuestos y el bienestar virtual, el filósofo británico William Taylor aclara: “Los impuestos no solamente nos empobrecen (quitándonos una parte sustancial del producto de nuestro esfuerzo). También nos hacen menos libres, ya que son el mecanismo que el Estado emplea para hacernos consumir esto y no aquello o comportarnos económicamente de una u otra manera. Gravando y desgravando a su antojo, el Estado nos induce a actuar como él cree conveniente. Así, los impuestos nos convierten en marionetas del ministro de Hacienda”. Entonces, ¿pudiera ser que no importen tanto las ideologías que nos gobiernen, sino el color y el peso del dinero que vamos subministrando primeramente al Estado y, acto siguiente, a los fantasmagóricos Mercados? ¿Es posible que la crisis económica no sea más que una especie de “purga” en la que se estén “equilibrando” las jerarquías sociales? Yo no lo sé. Lo cierto es que sobre este tema existen muchas preguntas y muy pocas respuestas veraces, muchas personas agobiadas por un trance difícil de entender y muy dificultoso a la hora de exponerlo ante la opinión pública. Pero eso no significa que algunos todavía nos preguntemos en qué momento fueron exterminados los ideales por la decisiva autoridad de los Mercados.